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El extraño de cara larga.

Con frecuencia, escucho a los papás de mis pacientitos decir «le damos todo lo que quiere e igual está con mala cara», lo que en general se acompaña de una más que válida combinación de desconcierto y frustración. Es esa sensación de desilusión que todos experimentamos en algún momento de la vida y que sintetiza el acto de dar todo y no recibir a cambio lo mismo. 

Cuando aparece esta frase de los papás, yo les planteo una hipótesis. ¿No podrá ser que en realidad hay una inversión de tiempos en esa queja? ¿No será que las malas caras fueron primero y que provocaron que se intentara todo para obtener cambiarlas por una sonrisa?  Habitualmente, se quedan pensativos un momento y recuerdan que sí, que en verdad hubo un tiempo anterior en que ellos ensayaron todo lo posible y más para que ese bebé no deje de llorar o directamente, no llore. Y que después de eso, hubo un niño pequeño que hacía berrinches poderosos que sólo dar aquello que quería, lograba calmar. Que más adelante, cuando ese niño pequeño creció fue cada vez más difícil obtener esa sonrisa, hasta llegar al día de hoy, sentados frente a mí, en que sienten un cansancio y una frustración enormes.

Entonces les digo que hicieron lo que creyeron mejor porque aman a esa niña o ese niño con «cara larga» con todo su corazón. Pero que evidentemente se acostumbró a que el llanto primero, el berrinche después y la cara larga ahora, dan con el resultado esperado, obtener lo que quiere. Y les propongo detenerse ahí, en ese punto. ¿Y si el problema no es la cara larga sino el darlo todo? ¿Y si el origen del problema está en que nosotros no hemos podido tolerar esa lágrima lo suficiente para que se convierta por sí sola en sonrisa?

No podemos cambiar lo que pasó, pero podemos elegir cambiar lo que vendrá. Esa es siempre la apuesta.

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